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En el Congreso, la fragmentación política no fortaleció el pluralismo; lo convirtió en mercado de votos.
La compra de voluntades en el Congreso erosiona la democracia.
El Congreso necesita fortalecer sus equipos técnicos y de asesoría especializada.
La fragmentación del Congreso anticipa un período de negociación constante. La gobernabilidad dependerá de la capacidad de construir alianzas programáticas y no únicamente coyunturales.
El Congreso necesita recuperar credibilidad con hechos, no discursos.
La representación juvenil en el Congreso envía un mensaje simbólico potente.
El Congreso debería ser casa del debate, no centro de trueque.
Aquí en el Congreso parece que los votos se cotizan como si fueran aguacates en el mercado, según el día y la temporada.
En el Congreso, las leyes “históricas” contra la corrupción suelen salir más suaves que atol aguado.
Los primeros cien días serán determinantes no tanto por la cantidad de decretos aprobados, sino por las señales políticas que se envíen al Congreso, al sector privado y a la sociedad civil. La capacidad de articular una agenda mínima común podría marcar la diferencia entre un período de estabilidad o uno de bloqueo institucional.